jueves, 25 de febrero de 2016

La derrota de Evo Morales en el plebiscito



El presidente de Bolivia, Evo Morales, lleva 10 años en el poder. El domingo pasado tuvo lugar un plebiscito en el que se preguntaba si debía modificarse la Constitución del país, para que se reeligiera por una cuarta ocasión consecutiva, para los próximos comicios del 2019.
Desde principio, el conteo oficial de los votos y los sondeos a boca de urna daban por sentado una derrota para el mandatario, por poco margen, pero derrota al fin (con un 99.82% de votos: 51.29% No, 48.71% Sí).
Sin embargo, el gobierno mantuvo la esperanza de que los votos de aquellas regiones más pobres, las más beneficiadas de la política social, empujaran la victoria.
La decepción llegó. Morales dijo ayer que “esto no es una derrota, más bien es una gran fortaleza. Después de diez años (lograr el) 50% pese a semejante campaña sucia, discriminación, humillación. (El MAS) es la fuerza política más importante de la historia de Bolivia”.
Hay que reconocer que después de tanto tiempo en el poder, el mandatario indígena aún tenga la capacidad de alcanzar casi un 50% de las votaciones.
El diciembre del año 2005, Morales se convirtió en el segundo indígena en llevarse la victoria presidencial, y una de sus primera decisiones políticas fue nacionalizar la industria petrolera, en manos de dos compañías, principalmente, la española Repson y la brasileña Petrobras.
Esta decisión dio como resultado que “los altos precios de materias primas, principalmente del gas natural y los minerales, le permitieron a Morales una holgada gestión económica con ingresos por exportaciones que casi cuadruplicaron el Producto Bruto Interno”.
Dinero en mano, hizo lo que tenía que hacer: construyó amplios bienes de infraestructura y desarrolló programas sociales para levantar la moral de los indígenas, aquellos sectores tradicionalmente olvidados por los partidos tradicionales.
Por supuesto, mantenerse en la política no es asunto fácil y para beneficiar a unos, hay que afectar a otros.
Como expresa Eduardo Gamarra, de la Universidad de Florida, “concentró el poder, combatió a voces disidentes, acaparó medios y hostigó judicialmente a la oposición... pero manejó bien la economía”.
Debe suponerse que ante el bienestar económico, una mayoría preferiría no cambiar lo establecido.
Pero en esta ocasión, las perspectivas económicas mundiales no han permanecido inalteradas.
La baja en los precios internacionales del petróleo ha afectado la economía boliviana.
Los ingresos “cayeron en 32% el año pasado, en relación al 2014”, la economía no se diversificó y el modelo económico que entonces era funcional, ha quedado atrás.
En medio de la desaceleración económica, agréguese que un periodista reveló que “supuestamente” una examante de Morales “logró que la contrataran como gerente comercial de una constructora china que en cinco años se adjudicó siete proyectos estatales por casi 500 millones de dólares”.
La “promotora de negocios”, Gabriela Zapata, tuvo un hijo con Evo, el cual murió en el año 2007. El mandatario no negó la relación e informó que “No volví a verla. No sabía que trabajaba en esa empresa (China CAMC Engineering C. LTD).
La imagen de incorrupto de Evo había caído por los suelos.
La revelación no pudo ser más inoportura para Morales: hace un mes... y en medio de los arreglos para el plebiscito.
Ya Cuba tiene una relación diferente con Estados Unidos, la naturaleza se llevó a Hugo Chávez y Nicolás Maduro no sabe que hacer con su economía en declive y una oposición mayoritaria en el Congreso, Cristina Kirchner no está en el poder, José Mujica no es presidente y queda el eterno Rafael Correa en Ecuador...
El tercer mandato de Evo termina en enero del 2020 y, como siempre, el problema regional no es ganar, el problema es por qué no eternizarse.

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