Incriminar a uno u otro sector del estado de la situación en que nos encontramos es harto difícil. Los más conscientes y preocupados se preguntan: ¿Es el hombre, es el sistema, la familia o la sociedad causantes de estos males? La respuesta a esto es: Ni uno ni el otro. Todos de una manera u otra somos responsables del deterioro moral que se exhibe hoy día. ¿Por qué? Porque ahí están las leyes; pero los encargados de hacerlas cumplir las corrompen. Existen patrones de conductas y moralidad domésticos; pero esto es eufemismo, sus miembros no se interrelacionan ni son solidarios para mantener sus esencias vigentes.
Están también los sistemas que regulan las normas y procedimientos oficialistas y privados; sin embargo, todos están divorciados entre sí por intereses particulares y personalizados.
Y la sociedad como plataforma o núcleo sostenedor de todos ellos, se ve obligada a devolver a sus miembros lo que recibe de las estructuras psicofísicas de los poderes o grupos sectoriales.
Las sociedades del mundo son los más puntuales indicadores del comportamiento de sus miembros, y por tanto, dan los resultados positivos o negativos a los mismos. Son ellas reservorio y reflejos de las conductas, costumbres y hábitos. De ahí que en épocas pasadas una costumbre repetida y sostenida derivaba en ley.
Por tanto, la responsabilidad recae en cada uno de nosotros por la inobservancia e irrespeto a las leyes. Por expresar anhelo y ansiedad de concurrir con modelos hedonistas; comprometiendo y desvirtuando la dignidad moral y ética del Ser en aras de prebendas, posesiones y gozos de carácter materialistas. Se comprende que finalmente todas estas cosas por lo que el hombre comprometió su dignidad y su armonía interior, pierden valor por lo afín a su naturaleza de perdurable. Como también, la ansiedad que genera caerle atrás a los recurrentes cambios de los diseños de todas las especies con sus atractivos adherentes que varían constantemente.
Por otro lado, en la familia, padres e hijos compiten por la hegemonía territorial dentro del hogar. El irrespeto cunde y es muy notorio cuando se discute, no se distingue quien es el de mayor rango y quien pone las reglas en la dirección del hogar; porque los hijos son ahora los que demandan que se les respete su privacidad y determinación en sus asuntos personales.
Y es cuando los padres se pliegan a ellos, unas veces para mantener la armonía en el hogar, y otras, por las respuestas agresivas del hijo.
El hombre como ciudadano le exige al sistema de gobierno que cumpla con programas objetivos y de servicios establecidos en la carta magna, en cambio es irrespetuoso por demás en la limpieza y ornato urbanístico. Como también, y uno de los más acentuados, la violencia con ira y obscenidades en el tránsito vehicular; impúdicas conductas, y el maltrato intrafamiliar, con imperio de la no correspondencia y la cooperación para una fraternal convivencia de todos, y que debe ser paradigma de progreso en una sociedad sana. Por tanto, discurrir con más señalamientos tomaría mucho tiempo, y por demás, causaría más trauma y dolor en los sentimientos, cuando uno se sintoniza con la vibración de la esencia en esos modelos de conducta.
Cabe entonces pedir al hombre, que se autoanalice con honestidad, y se haga compromisario en cooperar para revertir todo aquello y llevarlo de nuevo a la normalidad.
Una normalidad que apunte a vivir con seguridad y a buen resguardo de los valores; pudiendo con ello, tener una sociedad sana que los represente. De no ser así, nos abocaremos a ser victimas pasivas y coresponsables de los efectos negativos que se derivan en una sociedad sumida en crisis por la pérdida de sus más dignos valores.
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