La noticia que recibió Agustín aquel lunes a eso de las once de la mañana fue alarmante, desoladora, angustiante.
Estaba completamente invadido por el desaliento. Cerró su escritorio y salió. Tenía que buscar ayuda en alguna parte. Se le ocurrió entrar a una iglesia.
No le fue fácil. La primera donde fue estaba cerrada. Sin embargo, encontró una puerta lateral entreabierta, entró, y se sentó en el primer banco de aquel templo vacío. Estaba totalmente solo, frente al sagrario, sitio donde él sabía que estaba Jesús en persona.
Al borde de la desesperación, y hablaba sin parar y sin mucho orden. Hasta que hizo silencio, y le pareció escuchar que, de aquel sagrario, salía un mensaje para él. Fue una frase breve, pero clara, contundente: “Déjame eso a mí”.
Al escuchar aquella frase su estado de ánimo cambió en cuestión de segundos. Recobró la paz, y confió. No estaba solo. El Señor estaba presente allí, y estaba enterado ya. Nada menos que el Señor en persona, había dicho que Él se encargaría de él y de su problema.
He oído recientemente una historia mucho más impresionante que esta que acabo de relatar.
Se trata de un hombre que tiene cáncer. Y en medio del miedo inicial que le produjo esta información, y del confuso griterío de gente tratando de ocultarle la verdad, ha oído la voz de Dios diciéndole: ¡Yo estoy contigo!
Y este hombre, al igual que Agustín, se ha dejado caer confiadamente en brazos de su padre.
¡El resultado ha sido idéntico! Ya no hay miedo. Hay paz. Y donde hay paz, no hay miedo.
Quizás no haya sentido usted nunca miedo, pero sí desaliento, ansiedad, cansancio, tal vez confusión; algo que le haya quitado la paz.
Dice el Cardenal Gomá que esta paz “es todo el fruto de redención y todo el secreto de la vida cristiana”.
La pregunta de hoy
¿por qué es tan deseable, la paz que da el señor? ¿qué tiene de especial?
Esta pregunta también se la hice una vez a mi compadre Víctor, y con su típica sabiduría cibaeña, me respondió: “La paz que da el Señor es indescriptible. Es un bienestar que no sólo “supera todo razonar” (Fil.4,7) sino que es superior igualmente a cualquier otro bien, incluyendo la salud”.
Finalmente Víctor Hernández, añadió: “Esa paz es mejor que todo remedio habido y por haber, porque sana todo:”
¿Sana todo? Sí, sana todo, porque quita el miedo. Quien recibe esa paz, ya no tiene miedo a nada, ni siquiera a la muerte.
Santa Teresita de Lisieux, humilde muchacha nombrada Doctora de la Iglesia, veía a Dios como “el Dios de la Paz”, y frecuentemente menciona la Paz como “el tesoro por excelencia.”
Con razón dijo el Señor que la Paz que Él da “no es como la que da el mundo” (Juan 14, 27), sino un don muy distinto y superior.
Terminamos con un párrafo que quizás le ayude a usted tanto como me ha ayudado a mí y a otros muchos:
“El Señor está cerca, no se angustien por nada; en lo que sea, presenten sus peticiones... así la paz de Dios, que supera todo razonar, custodiará sus corazones y sus pensamientos por medio del Mesías Jesús”. (Fil. 4,4-7)
Quien recibe el don de la PAZ que da el Señor, queda libre de toda ansiedad.
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