Hoy las lecturas tratan de tres personajes profundamente proféticos: Jeremías, Pablo y Jesús. Jeremías, quien recibió la palabra del Señor: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles… No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país… Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte”. Oráculo del Señor.
“Pablo es desde su conversión, el hombre de la acción de gracias. Toda su vida, aún en medio de las más duras penalidades, es una jubilosa manifestación de inmensa alegría, porque vive de cara a Dios. Hoy nos habla de ambicionar los carismas mejores y nos muestra un camino excepcional. Nos habla de la famosa epístola del amor. Es un verdadero Himno al amor. Insiste en que entre la fe, la esperanza y el amor, lo máximo es el amor.
Pero no es el amor que se conoce en el mundo; ese amor condicionado, ese amor interesado.
Ese no es un verdadero amor ágape, de entrega y dedicación.
Jesús en el evangelio de San Lucas, nos habla de su experiencia de llevar su misión a los judíos y cómo éstos deseaban matarlo, hasta despeñarlo por un barranco, cuando nos dice: “Les aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Les garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán el Sirio.” Ellos se pusieron furiosos, porque los desenmascaraba frente a todos. Y no iban a ser capaces de cumplir con ninguna misión.
A nosotros también Jesús nos llama a una misión. Pero una misión que exige respuesta.
Puede ser una respuesta de rechazo, como en el caso de Jeremías: “Ellos lucharán contra ti”. Puede ser una respuesta doble, como la del caso de Jesús; por un lado, asentimiento y admiración, por otro, indignación y deseo de despeñarlo por un precipicio.
Y Pablo en la segunda lectura, al proponer a los Corintios el carisma del amor, en la que no hace más que pedirles que respondan con generosidad a dicho carisma.” (Tomado de Rayo de Luz) El verdadero amor no se acaba. Nosotros somos los que no hemos aprendido todavía lo que es el amor. Nuestras familias no han sabido enseñarnos el arte de amar. Ese amor que nos narra Jesús en las Bienaventuranzas es el único amor que nos permite amar incluso a nuestros enemigos.
Ser cristianos es ser testigos de Jesús. Vivir como vivió Jesús. Parecernos a Jesús todos los días de nuestra vida. Es por eso que para ser misioneros en el mundo de hoy, como lo fue en el pasado, necesitamos mucho de estar llenos del Espíritu Santo que es quien nos convierte en “templos vivos suyos”. Vamos a adquirir valentía para proclamar que el Señor está VIVO todavía hoy. Que Dios no se muda. Que simplemente está esperando que le abramos nuestro corazón. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10,10), nos dice el Señor.
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